noviembre 27, 2020

Asi es Cúcuta

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¡Que viva la prostitución!

Fin de la trilogía
Antonio Colmenares Martínez, columnista invitado

Me resguardé en mi casa, me mantuve célibe por la obligación de la cuarentena, pero muy amoroso con los recuerdos a pesar de que son insoportables, insistentes, maltratan y trasnochan, tanto los buenos que dibujan una sonrisa, como los malos que hacen llorar.
Cuando a pesar de que la emergencia sanitaria mundial no había cedido, las autoridades permitieron a la gente salir a la calle, entonces pensé aprovechar las rebajas y comprar electrodomésticos, pero cuando me encaminaba hacia los almacenes, pensé que no había para que comprar esas cosas porque no hacen falta, a no ser que pensará en hacer algún regalo.

Como siempre, los pasos se dirigieron hacia lo que me gusta y por eso llegué hasta la librería de mi confianza, pero la encontré cerrada por quiebra y ya estaban haciendo adecuaciones para una venta de comidas rápidas. Entonces pensé que después de libros y comidas, lo mejor era buscar, rápidamente, desde luego, el lugar que me provoca ternuras lujuriosas y en donde siempre encuentro personas sensibles y maravillosas, pragmáticas, hermosas, con las cuales se logra una relación sincera desde lo transaccional y el delicioso desahogo emocional.

El prostíbulo estaba igual, a no ser porque las paredes habían perdido sus colores originales y se veían agobiadas, lejos de la alegría visual de otras épocas. Me atendieron ellas, las hermosas, las depositarias de una de las pocas actividades en que no aplica el teletrabajo y que no deja de causar algo de temor porque tampoco aplica lo del alejamiento preventivo personal, ya que nadie ha podido, hasta hoy, hacer lo que se hace con ellas a dos metros de distancia.

Mi saludo con todas fue con una respetuosa venia que ellas respondieron, con ojos muy abiertos y con algunas líneas en el sitio en donde la edad desde muy temprano pone las cicatrices de la risa, apenas unos milímetros por encima del tapabocas.

Preferí hablar con una mujer de porte distinguido, ojos miel, cejas muy arqueadas, peinada hacia atrás con el cabello recogido y tirante que remataba en la parte posterior de la cabeza en una trenza rubia de tonalidades naturales.

Parecía equivocada de lugar, daba la idea de haberse vestido para un coctel de empresarios mojigatos. El vestido negro que recorría su cuerpo desde el cuello hasta los tobillos la hacía ver muy alta y le daba un aspecto imperial, solemne, majestuoso.

– ¿No tienes miedo? – preguntó.
-No, -respondí-
-Debes estar muy ansioso o solitario para arriesgarte a salir a buscar un posible contagio- insinuó.
-La verdad si, me hacia falta hablar con alguien a quien no conozca porque es como hojear un libro nuevo.
– ¿Nada más?
-Bueno, pues también hay otras necesidades de contacto, de ese algo maravilloso, sublime, de esas cosas que, a causa de la rutina, se desperdicia en las relaciones aparentemente ‘serias’, debido a la monotonía, aburrimiento por el desgaste de tantas horas juntos, sin propuestas de ‘reinventarse’, como se dice ahora, al hablar de intenciones nuevas en donde se ponga en práctica la imaginación.

– ¿Estuviste casado?
-No, solo conviví con alguien.
¿Y la querías?
-Creo que sí.
¿Por qué se acabó?
-Porque no pude expresar lo mucho que me hacía falta.
– ¿Habías venido antes?
-Sí. Varias veces. Este es mi sitio preferido – respondí acercándome más a la hermosa y elegante mujer que emanaba un delicioso aroma, en sus justas proporciones, evidencia de una fina fragancia manejada de manera discreta, que daba la sensación de ser el olor natural de su piel.
-No me pareces una mujer de estos sitios- le susurré al oído.
-En estos sitios hay mujeres más decentes que yo, aunque con ropa diferente- dijo mirándome fijamente a los ojos.

Hubo silencio. La verdad me pareció una persona algo inquisidora, complicada y de pronto me surgió la necesidad de despedirme y buscar otra compañera eventual.

Ella debió notarlo porque en seguida, me tomó la mano con suavidad y dijo quedamente: -No te vayas, me gustaría hablar contigo. A mí también me gusta venir aquí, cuando quiero sinceridad, mía y de los demás. Mía porque escojo con quien pasar una noche sin tener que arrepentirme después. No es por el dinero porque ese lo consigo con mi profesión.

– ¿Cuál es tu profesión? – pregunté.
-Soy abogada. Me muevo en un mundo difícil en donde las mentiras parecen verdades y en donde hay mucha hipocresía. Los hombres me temen, los intimido con mi carácter y los que se acercan son los ‘cazadores’, los que tienen agilidad en la lengua para jurar amor eterno que dura hasta que consiguen desnudarme. Son como las leyes que no siempre te protegen de la injusticia, protegen a los injustos con capacidad para comprar una aparente verdad en tu contra cuando reclamas tus derechos.

-Lo dices con mucha seguridad o como producto de un despecho -comenté.
-Lo digo porque he defendido delincuentes que me pagan, pero también me amenazan para que los saque de la cárcel, así cometa injusticias contra las víctimas.
– ¿Pero, por qué comparas lo que pasa en este sitio con el derecho? -inquirí.
-Porque así es el amor de la mayoría de hombres, un cúmulo de mentiras perfumadas como códigos de infamia, flores como resoluciones amañadas y aparentes, alegatos de sentimientos inventados solo pensando en las profundidades de nuestras faldas. En cambio, aquí no tienen que engañar, porque solo vienen a lo que vienen.

-Terrorífico análisis- dije.
-Claro, la verdad aterra. Por eso acá me siento más auténtica y libre, más espontanea, aunque por mi vida exterior soy la menos decente entre todas estas mujeres de exagerados maquillajes y ropa barata. Aquí los hombres no tienen que mentir. Si les gusto me escogen directo, sin atajos, sin tráfico de favores.
-Pero te prostituyes.
– Afuera la corrupción se premia. ¿No es peor? Aquí me prostituyo yo, por la razón que sea, sin dañar a nadie. La corrupción afuera es la mejor versión de la prostitución y esa sí que daña a muchas personas.
Los corruptos se burlan de los ‘buenos’ llamándolos tontos mientras disfrutan con el producto de sus actos delictivos impunes, eso sí es prostitución.
-Me hubiera gustado conocerte antes. Hubiéramos pasado muchas cuarentenas juntos- anoté.
-Ni antes, ni después, ahora es el momento, quiero brindarte lo mejor de mí. Pareces honesto y muy aseado. Me gustas para pasar los siguientes minutos. Ojalá sean muchos, sin pensar en lo eterno porque no creo en relaciones duraderas. Esas cosas para mí no existen- dijo y puso manos a la obra maravillándome con sus inigualables atributos físicos.

Interesante mujer digna y elegante que había podido ser la secretaría del Papa, o de cualquier presidente. Una mujer inteligente que escoge sus propias formas de prostituirse con conocimiento de causa y sin que le apremie ninguna necesidad. Guardaré para siempre un bello recuerdo del paraíso que inventó solo para mí y que disfruté con alegría. Esta bella mujer llenó para siempre mis vacíos, especialmente cuando trato de entender lo que pasa allá afuera, en los palacios, en las oficinas administrativas, en los tribunales, en el alma de la gente. El recuerdo de esta mujer me convence todos los días que debo ir en su búsqueda, no en los juzgados, ni en la universidad, no, debo ir con presteza al sitio aquel que se convirtió en mi preferido. Si tengo suerte la encontraré, debo hacerlo porque sencillamente es imprescindible.

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