julio 11, 2020

Asi es Cúcuta

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Dolombia

De Clemencia Gomez Sandoval, columnista invitada

Tengo dolor de nudos, me duele el punto bobo, me duele la patria y su partida a los pedazos.
Tengo dolor de rabia, dolor de tribu. Me duele el llano, la axila, la Guajira, El Cesar, mi Guainía, Vichada, Putumayo, mis guayabos, mis naranjos, los robles y los tuyos, aquellos cedros, la ceiba de mis ojos, el nazareno de hebras suntuosas violetas como flores del flor morado, el zapán callado y duro, el marfil de blancopaz, el guayacán con yemas, el arrayán y la sombra del samán…

Toda mi selva y la geografía en la autopsia de mis manos. Tengo un nudo de aortas en los ríos y un ramo de orquídeas apenado entre las nieblas.

Lagunas ahogadas en sequías y saqueos, me lloran las etnias y el incendio de mis aguas, me duelen mis climas en fiebres deliradas, me duele mi locura de ser tan bella y pisoteada. Me duelen mis alas, mis ramas, mis brazos, mis troncos y mis piernas. Tengo
un nudo de sexos estériles seduciéndose entre espejos. Tengo los años del tiempo destrozándose en segundos y los pulmones sin aire sollozando a los manglares y jaguares.

Me duelen mis ausencias, mis dantas, mis armadillos, el tití, los bebeleches y el mariquiná. Me tallan las muelas y los dientes, tengo dolor de montañas, me tengo entre nudos que se me ahondan en profundas grietas. Me llora la estampida que me deshilacha el suelo, tengo fétido, tengo flácido y tengo sarros y bizarros. Me rasca la costa, el apéndice y la isla. Se me descose la nostalgia de tanto extrañar mis bosques. Tengo vacíos en la voz, me explotan
flemas cuando recuerdo hablar al tinamú, a las moradas ninfas, a los zafiros de colas doradas, al manglero colibrí, a los pechiverdes y a las cacatúas.

Tengo un nudo de páramos enlagrimados sin anteojos. Me duelen los ojos y las fosas.
Y lloro a cielo abierto. Tengo dolor de botas, dolor de signos, se me hinchó el escudo.

Me arde el cóndor, tengo mareo de mar y un complejo hastío
de laureles. Tengo síndrome de prócer, adicto a la urna. Tengo un nudo de órdenes, tumores y temores.
Me duele el codo, el godo y el godazo. Me duelen los gobernículas apostando los potreros y matando a los obreros. Me dan vómito los bobazos atando voces, matando tantos y festejando sus buenos muertos. Con razón y con desquicio me duele el corazón. Me duelen dolores y consuelos, dolores de bruta fuerza y consuelos de terco aliento. Nudo de metales como
afán de herraduras amarradas a la prisa. Nudo de metales como máquinas furiosas socavando en la pobreza. Nudos de carne encarnando los cañones. Nudo de represas, nudo de garganta seca, y esa sed que no cesa en calma, ese cauce donde ahora caduca y me deprime el Cauca.

Nidos y nudos de nervios y soberbios. El rato de las ratas sin fe en los errores, las águilas teñidas de negro y las nubes de humo en yarumo para el mal del humor del cielo. Me voy en vértigo al abismo de las leyes y sus excusas sombras de pecado. Me duelen las
ampollas del sendero. Voy con la prisa que sufre mi dolor a cavar otro cielo, y con el blanco oscuro y más puro a tallar otros tiempos, con otra cólera, otra franja sin bandera.

Soy dorada y tan boba que me visto de bella y me pagan por puta. Soy inocente y me confunden culpable. Estoy viva de rugientes humedades, me desparramo excitada, me dejo de todos y así me dejan.
Tengo entre montañas, entre piernas un parto de trópicos que
mueren cuando nacen. Tengo un nudo delirante, amnesia y purga de placer. Tengo erectos mis pezones y desde mis cumbres derramo leche como cristalinas inocencias. Tengo un hijo muerto, otros secos como desollados llantos mudos, sordos y ciegos que no lloran sus olvidos.

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