julio 11, 2020

Asi es Cúcuta

Noticias diarias en la web – Radio y Prensa

Paradojas de pandemia

Por: Clemencia Gómez Sandoval, columnista invitada
Si alguien me hubiera dicho que llegaría el día en que todos estarían escondidos, asustados, angustiados, temerosos, ansiosos y yo estaría serena frente al miedo colectivo, no lo hubiera creído; para mis emociones desbocadas, anestesiadas con alcohol, no había posibilidad de redención, si se lo hubieran dicho a mis hijos o a mis hermanas, acompañantes míos de muchos años en instituciones de rehabilitación, viendo como era carne de psicólogos y de psiquiatras, les hubiera sonado poco menos que imposible y no les faltaría razón, pero la vida, la impredecible vida, la sorpresiva vida, tenía entre sus planes para mí, que a fuerza de caer y levantarme, de sufrir y de hacer sufrir, de aprender de maestros y maestras, yo pudiera llegar a entender, a querer y a cuidar a Clemencia.
Huyendo de mí misma encontré el paraíso perdido, ese que buscaba fuera y que tenía dentro, elegí la naturaleza, la vida en el campo, la sencilla cotidianidad campesina, como los bálsamos curativos que requerían mi espíritu proclive a la desazón y al hastío; la competencia social, el consumo masivo, la hipocresía de las grandes urbes, la deshumanización, me hacían sentir que yo iba por el camino equivocado, estaba en lo cierto, pero lo “cierto” para quienes me rodeaban era que la excéntrica, la desadaptada, la incapaz de hacerle frente a la vida era yo, acudió en mi ayuda mi gusto eterno por la desobediencia y sin saber que hacia lo correcto correctamente (Al fin, Maestro Fernando C.), le hice caso al Libro Grande y obtengo cambios psicológicos que se van aproximando a los 180º.
De manera que la pandemia me encontró equipada para el confinamiento, para el silencio que degusto, para la soledad, para la sobriedad que realmente no es estar limpia de alcohol, sino, además y por sobre todo. atenta y vigilante sobre mi misma, para ser feliz y útil, lejos de las “felicidades prosaicas” de torta, serpentina y globo, un acicalar mi morada interior para engrandecerla con las cosas simples, cotidianas, el atardecer, el amanecer, el canto de los pájaros y una decidida voluntad de servicio.
No tengo miedo de la muerte, quizá porque he vivido intensamente, más miedo le tengo a una vida aburrida y sin sentido, yo que tengo resuelto el enigma del más allá y que no creo en el cielo, ni en el infierno, soy abanderada de la eutanasia, para decirlo más suave que suicidio asistido, lo intenté sola pero confieso que soy una suicida fracasada: “que no duela, que no haga ruido, que no se den cuenta mis hijos, que no haga reguero…..” no joda, que tarea infernal, más fácil cambiar la perspectiva y sin saber cómo, sin darme cuenta de la fórmula, empecé a lograr cada día que Clemencia llegará serena al atardecer…y heme aquí, en confinamiento voluntario, lejos de la servidumbre voluntaria que impone el vivir para tener, siendo yo misma, libre, en la medida que la relatividad de lo humano lo permite, dichosa de ganar cada día la única batalla que me compete: la de caminar hacia la excelencia de lo humano, por sobre las patologías congénitas o adquiridas que no me permitían ver más allá de mi nariz…un milagro, admitir que lo que tengo es lo que hay y es suficiente y que SER o no SER sigue siendo la cuestión.

000

Abrir chat
1
Hola. Gracias por tu visita. ¿En qué te podemos ayudar?