julio 11, 2020

Asi es Cúcuta

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Mamá, ni te cuento porque no quiero que me entiendas

Por: Antonio Colmenares Martínez, columnista invitado

Mamá, vuelvo a abrir esta puerta que me conduce a nuestro espacio para decirte: ¡Feliz Día! Entro de nuevo al universo que nos corresponde solo a los dos desde que quedaste embarazada hasta ahora que casi te alcanzo en edad, porque desde hace algunos años, disfrutas de la alegría de la ausencia de los almanaques.
Para ti ya no hay horas, ni días, solo el goce de la eternidad. En cambio, yo desde hace ya meses mido el paso del tiempo de cuarentena en cuarentena, de aislamiento en aislamiento. Cuando las autoridades me lo permiten salgo un rato a la calle. Tengo que salir solo y medir los minutos para no sobrepasar el límite de los permisos. Pero de todo se aprende y ya sé cuanto dura cada fila, en el parqueadero, en el banco, en el supermercado. Pero todo sea por la vida, todo sea por vencer un monstruo invisible que está asfixiando gente en todos los rincones del mundo. Ni te cuento porque no quiero que me entiendas.
En fin, hoy vuelvo a abrir esta puerta del recuerdo, con sigilo, como cuando llegaba a la casa, casi al amanecer, después de las fiestas del fin de semana, convencido de que entre las cuatro y cinco de la mañana se disfruta del sueño más profundo y eso me permitía llegar impunemente, con mucho licor entre pecho y espalda, con la música y el baile frescos aun saltando en la cabeza, sin arrepentimientos de besos y caricias recién cosechadas, a veces con sentimientos en germinación que me transportaban a unos bellos ojos, a una dulce sonrisa, a palabras y palabras que bien podían ser el comienzo de una buena relación y hasta de una familia. Pero que va, ellas, las hermosas, las sensuales, las virtuosas, las ‘aquí estoy, para que soy buena’, todas se fueron. Menos tú, mamá. Siempre estás ahí. Y como ahora, al abrir la puerta, como en los viejos tiempos, no estás dormida. Estás en la sala esperando mi llegada. Verme te calma la zozobra de: ¿qué le habrá pasado a ese muchacho? Te alegra verme guardar las llaves en el bolsillo del saco, aflojarme la corbata y saludarte con un ¡mamá que haces despierta, mira la hora! ¡Por favor eso te hace daño! Y tú, solo me miras comprobando que llego completo, que nada de mí se quedó en la calle, en un accidente o en un atraco. Que todos mis glóbulos rojos, aunque alicorados y reacomodándose, están completos.
Como en los viejos tiempos, hoy siento que me miras con mucha comprensión y te levantas de tu silla como entonces a traer un enorme café y comenzar tu lista de recomendaciones y lanzarme preguntas capciosas para hacerme hablar de música, del trabajo o de una posible nuera. Pero no. Regresas y no traes nada de tomar.
Pero claro, madre es madre y, a tu manera, me dictas de nuevo la lista de recomendaciones, en especial que cuide a tus nietos que solo me tienen a mí. Me alegró, no solo de poder decirte: Feliz Día Mamá, sino de que no me ofrezcas gel, ni tapa bocas, porque a esta distancia en la que te estoy viendo, ya sería muy tarde.

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