marzo 7, 2021

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El espantoso ruido de las máscaras al caer

Por: Antonio Colmenares Martínez, columnista invitado.

Si la gente se aterrorizó con las evidencias de sacerdotes pederastas, funcionarios indelicados, abusivos y ladrones de alcaldías, gobernaciones y presidencias y cuando se creía que ya se había visto todo, surgió el escándalo de Odebrecht y la opinión no salía de su espasmo al ver tanta figura pública, elegante, de respetabilísima imagen pública capturados por recibir sobornos para que se adjudicaran obras a esa macabra empresa multinacional de construcciones y delitos. Los empresarios brasileros pagaban a los corruptos para conseguir a través de contratos de grandes obras hurtar la plata sagrada de la gente, que eufemísticamente se le llama ‘dineros del Estado’.

Se descubrió con pruebas lo que todo el mundo sospechaba: Los poderes ejecutivo y legislativo habían resultado salvajemente afectados por la contaminación y parecía, hasta ahí, que nada podía ser peor. Error. Los corruptos al ser capturados en su afán de salvar algo de su propio naufragio siguieron denunciando secuaces y en esa caída en serie como un dominó, las inmundas aguas de la deshonestidad bañaron de cuerpo entero al poder judicial. Las presencias casi inmaculadas de los magistrados se tornaron satánicas y las apariencias de sabiduría y rectitud que imponían respeto se resquebrajaron. ¿En quién creer? La actitud casi papal de los magistrados solo era la máscara que encubría hombres de débil carácter y que a pesar de su preparación costosa y de años que debía fortalecerlos forjando en ellos la voluntad férrea de permanecer honrados y lejos de las tentaciones del enriquecimiento apresurado, cayeron estrepitosamente en el delito como caen los ladrones ignorantes, analfabetas y de baja estopa. 

Lo más grave de todo es la desconfianza que agobia a la ciudadanía que ve con preocupación lo que pasa en las ‘grandes ligas’ y voltea de soslayo a mirar en su entorno y se encuentra con realidades que son al menos sospechosas entre la dirigencia local que a pesar de haberse confirmado sus responsabilidades en negocios poco claros que afectan la economía, pasan por los tribunales y no les ocurre absolutamente nada, siguen gozando de libertad, tranquilidad y en sus posiciones como líderes y a la espera del siguiente zarpazo sobre el erario. 

Definitivamente en las cárceles de Colombia están no solo los recientes capturados y procesados políticos y magistrados de las altas cortes sino muchos delincuentes pobres que no pudieron comprar su libertad.

Eso es al menos lo que deja este panorama de sismo moral que se ha padecido en el país, este terremoto de descubrimientos de ignominias cometidas por quienes hasta hace muy poco tiempo merecían la credibilidad. El ambiente es desolador. Los poderes ejecutivo, legislativo y judicial en que se basa la estructura del Estado, deteriorados por la infamia y la degradación duele en lo profundo del alma democrática. 

Es espeluznante ver como la academia, la disciplina, los sacrificios y sabiduría de los más preparados servidores de la justicia, no todos por fortuna, se arrodillan ante las posibilidades del enriquecimiento ilícito y justifican que definitivamente el hombre es muy débil y que como dijo un pensador, ‘somos solo seres humanos, peor cosa no podemos ser’.

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