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Tirso Velez Tirso Velez Cortesía

Tirso Velez, un hombre de Paz. 15 años de su asesinato

 

Tirso Vélez, hombre sencillo de acentuadas convicciones libertarias y profunda riqueza espiritual, profesor rural de primaria apreciado por sus dotes de líder social, cantautor y poeta popular, encabezó una amplia coalición de izquierda. Poco antes de su muerte había declarado en una entrevista: "Yo le tengo miedo a la muerte por lo desconocido. Tengo miedo a dejar compromisos sin cumplir o metas no logradas, si tienen que ver con la felicidad del ser humano y contra tantas injusticias vigentes en la tierra".

El 8 de marzo de 1992, fecha de elecciones regionales en Colombia, el entonces militante comunista Tirso Vélez, hombre sencillo de acentuadas convicciones libertarias y profunda riqueza espiritual, profesor rural de primaria apreciado por sus dotes de líder social, cantautor y poeta popular, encabezó una amplia coalición de izquierda que incluyó sectores progresistas de los tradicionales partidos (liberal y conservador), ganando abrumadoramente la alcaldía de Tibú, población de unos 34 mil habitantes, considerada capital de la selvática región del Catatumbo.

Promediando la segunda semana de agosto ese mismo año, como alcalde de Tibú, Tirso puso en marcha un orgulloso programa de gobierno que llamó
 "Tibú, un sueño de paz". Se trataba de una ambiciosa estrategia de diálogo y desarrollo social consultada con las comunidades que lo habían respaldado. Es importante destacar que con Tirso se cumplía el segundo mandato en línea de la Unión Patriótica, movimiento de izquierda que congregó en el Catatumbo, quizá como en ninguna otra región de Colombia, todas las vertientes políticas, incluyendo líderes católicos y evangélicos, y unificando sectores disímiles de izquierda como A Luchar y Frente Popular, también al campesinado y por primera vez a los esquivos indígenas Barí.

Influenciado por el progresista obispo católico Luis Madrid Merlano, Tirso echó mano de su desbordante optimismo y de su magnífica vision nacional, y propuso la tarea de recoger cien mil firmas entre los pobladores del Catatumbo y regiones aledañas, según él para solicitar al gobierno nacional y a la insurgencia, agrupada entonces en la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, un cese integral y bilateral de hostilidades, preámbulo obligado hacia la construcción de un gran acuerdo de paz entre los colombianos. Como hoy, eran épocas de guerra y el narcotráfico corrompía esferas oficiales de poder, mientras los terratenientes con la connivencia del Estado fundaban ejércitos privados de paramilitares. También como hoy, la insurgencia y, separadamente, el conjunto del movimiento popular presionaban desde todos los escenarios posibles una auténtica mesa nacional de paz en busca de transformaciones económicas, sociales y políticas que condujera a la reconciliación nacional.

A pocas horas de Tibú y más cerca de la frontera con Venezuela, los humildes pobladores de La Gabarra (un pequeño corregimiento de Tibú) soñaban confiados en un futuro mejor para su región. De mayoría indígena y campesina, La Gabarra está enclavada en montes circundados por ciénagas y madreselvas, en cuyos alrededores se pasean los puercoespines, los tigrillos, culebras, báquiros, micos, loras y gallinetas, y otras tantas especies que abundan en esas selvas de frontera. Hasta ese momento sus gentes habían vivido en relativa paz pero siempre sumidos en la pobreza, pese a estar rodeados de yacimientos de petróleo y de enormes riquezas biológicas y naturales. Esta pequeña población es en verdad un puerto fluvial a orillas del río Catatumbo, torrente navegable que serpentea por entre los montes acogiendo los ríos Sardinata, Tarra, San Miguel, Tibú y río de Oro entre otros, para luego internarse en Venezuela y desembocar en el lago Maracaibo, por donde sus aguas se conectan al mar Caribe.

En 1992 bajo una significativa influencia comunista, La Gabarra constituía el epicentro de una gran fuerza social comprometida con la paz, que para desgracia de aquel pueblo no era una situación bien vista por el gobierno neoliberal del presidente César Gaviria Trujillo, quien estimaba al Catatumbo como una "zona roja" de alta tendencia subversiva. Por el contrario, los habitantes locales la consideraban una zona verde que querían convertir en remanso de paz. La verdad es que en esta región, como en muchas otras de Colombia donde el Estado olvidó sus obligaciones sociales, la insurgencia creció al compás de la inconformidad política de los campesinos y colonos empobrecidos, con quienes ha elaborado reglamentos de convivencia desde una óptica de poder popular.

Por aquella epoca las tropas oficiales por orden del Gobierno Nacional acechaban el Catatumbo, y también lo hacía el paramilitarismo que no había logrado penetrar definitivamente en La Gabarra, principalmente porque no habían florecido el latifundio y los cultivos de coca, que hasta entonces constituían un problema relativamente marginal. No obstante, en la primera semana de agosto de 1993 el poeta y alcalde de la Unión Patriótica en Tibú, fue amenazado por bandas paramilitares, justo después que se perfilara y fuera reconocido como el mejor mandatario y administrador entre los alcaldes de Norte de Santander.

El entonces general Harold Bedoya (uno entre los más oscuros personajes en la tragedia colombiana) insinuó que Tirso era amigo del terrorismo, porque había rechazado el arribo de tres mil nuevos soldados al Catatumbo. En su temerario mensaje el general ignoró deliberadamente que la Unión Patriótica había reclamado a cambio de los militares, a 50 docentes que faltaban para suplir el déficit educativo del municipio. Pocas semanas después, cuando transcurrían los primeros días de septiembre de 1993, Tirso Vélez fue detenido por el DAS (policía política del Gobierno), cumpliendo una orden de la Fiscalía bajo presión del general Ardila (comandante local de la brigada móvil del Ejército), quien aseguró que el alcalde favorecía desde su administración a las guerrillas, y principalmente según él, al Ejército de Liberación Nacional (ELN), de fuerte arraigo en poblaciones aledañas a Tibú.

Justo cuando Tirso Vélez encabezaba las encuestas de opinión a nombre del Polo Democrático, y la población (principalmente en las barriadas empobrecidas de Cúcuta, colmadas por desplazados de la violencia) manifestaba abierta complacencia por su magnífica candidatura a la gobernación del Norte de Santander, su preciosa vida le fue arrebatada violentamente,.

Con el asesinato de Tirso la ultraderecha cortó las alas de un proyecto civilista, popular y democrático, afianzando la llegada de los corruptos de siempre al poder regional. La clase dominante no toleró una pacífica candidatura de izquierda, y por evidente temor a una derrota electoral, castigó sin piedad al líder que encarnaba un auténtico proyecto de paz para el departamento.

Al poeta y cantautor, que desde un liderazgo de izquierda asumía como el candidato de los excluídos, le cegaron la vida al atardecer del miércoles 4 de junio de 2003. Las ráfagas de los sicarios hirieron también a Isabel (esposa y madre de sus pequeños hijos Miguel Ángel y Rubén Darío) y un acompañante ocasional. El crimen se cometió a escasos metros de la vigilada sede del gobierno departamental y a pocas cuadras de una enorme estación de policía. No obstante, testigos aseguran que los asesinos se dispersaron con toda tranquilidad por la ciudad, utilizando dos conocidos taxis y varias motocicletas de alto cilindraje que cruzaron por entre habituales retenes militares.

Por aquellos días Tirso había publicado el poema titulado 
"Colombia, un sueño de paz", que fue duramente rechazado por los mandos militares, porque desde una perspectiva humana instaba a la paz entre soldados y guerrilleros. Este fue el verso que alborotó la inquina:

Colombia un sueño de paz

Para que en los campos

El ladrar de los perros

En cualquier madrugada

No sea el rondar siniestro

De la muerte que vaga,

Sea el apretón de manos,

Sea la sonrisa cálida

del amigo que llega

y no la fauce oscura

del fusil que amenaza.

 

 

Para que soldados y guerrilleros

no sean el uno para el otro

el tenebroso olfato de la muerte

husmeando la vida temblorosa.

Para que exploten bombas

de pan y de juguetes

y corran nuestros niños entre escombros de besos.

Lancita… mi soldado…

recuerda que Jacinto, el hijo de la vieja campesina,

se fue para la guerrilla

buscando amaneceres,

persiguiendo alboradas.

 

 

Que no regrese muerto,

no le apagues su lámpara.

Porque la vieja espera

pegada a su camándula

pidiéndole a las ánimas

que no le pase nada.

Compita… camarada …

¿ Recuerdas a Chuchito

el que jugaba metras

contigo y con los otros muchachos de la cuadra?

Hoy es un chico grande

repleto de esperanzas,

se fue para la recluta portando la bandera,

símbolo de la Patria.

No le trunques sus pasos

Tendiéndole emboscadas

porque tendrás tú mismo

que llevar la noticia que irá a partir el alma

de aquella pobre madre

vecina de tu casa.

Pero también el hambre

bate tambor de guerra

impulsando las armas.

Cada fusil le quita (por precio solamente)

un año de alimentos

por familia o por casa.

 

 

Paz, te han vestido de negro

Siendo tú blanca, blanca;

de azul de naufragio

de rojo siniestro

de sangre derramada.

 

Tampoco eres verde vendaval de montañas.

Que todos los partidos hoy se tapen la cara

y te desnuden toda cual novia inmaculada

para ponerte un traje blanco de nube blanca

 

 

Tirso Vélez

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