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¿En quién creer?

Thursday, 09 February 2017 00:00 Written by

Por: Antonio Colmenares Martínez, columnista invitado. 

En esta celebración del Día del Periodista lo mínimo que podemos hacer es ‘mirarnos por dentro y por fuera’, en una severa autocrítica, para corregir si es necesario, y para que fortalezcan el alma y la pluma quienes a pesar de las presiones, la pobreza y el éxodo, logran mantenerse fieles a la misión de buscar la verdad.

En Colombia los ciudadanos miran hacia todas partes en busca de algo o alguien en quien creer y la verdad no es mucho lo que en la actualidad se encuentra.

Los políticos que hasta hace poco tiempo convencían con ‘juegos pirotécnicos’ de palabras y promesas ya no gozan de ninguna credibilidad y los que votan, con algunas excepciones, lo hacen movidos por las dádivas mínimas, puestos de trabajo y pagos irregulares que convierten a la democracia en una ilustre limosnera. “Que me queden aunque sea 50 mil pesitos de todo lo que se roban”, dicen para justificar el delito de la venta de los votos. Los sacerdotes y pastores tampoco merecen la confianza de la comunidad porque se ha demostrado que convirtieron la fe en un negocio que les permite tener hasta un estado como es el Vaticano, además de palacios y edificios destinados a los cultos que comienzan en un garaje y se convierten en templos para ‘millones de almas’, sin contar con los exabruptos morales que cometen por debajo de las sotanas sometiendo a los niños a ser sus ‘presas fáciles’.

Los empresarios mienten con publicidad engañosa, el gobierno miente a nombre de loables intenciones como el mejoramiento de la calidad de vida o la paz, los universitarios que antes eran una especie de conciencia que ponía los contrapesos desde la academia ahora se mienten así mismos porque no son capaces de exigir que su preparación sea óptima para aportar a la sociedad y se preocupan más por conseguir notas para pasar materias sin perder el tiempo de discoteca estudiando e investigando.

Las redes sociales que se convirtieron en un momento en el máximo escenario de la libertad de expresión ya es un espacio de excesos y ahora no se sabe que es verdad y que no. Hay mucha vulgaridad y es más fácil dudar que creer. No se descarta que hay excelentes excepciones pero para encontrar buenos mensajes hay que evitar, como abriendo trochas entre la maraña, mucha mentira, liviandad y mal gusto.

El periodismo ante estas circunstancias retoma su principal misión aprovechando esas autopistas tecnológicas con que se cuenta hoy en día: Procesar los elementos que conforman la noticia para presentarla con responsabilidad social y con la valentía de no ‘torcerse’ para ‘tapar’ la comisión de delitos.

Eso no es fácil aunque se pregona y se dictan conferencias sobre la materia. La verdad es que una buena cantidad de periodistas le ‘dan manejo’ a las informaciones de acuerdo con los intereses del medio, eso los asegura en sus puestos de trabajo o, si son empresarios, les proporcionan buenos contratos publicitarios.

Este puede ser el mayor desastre para el oficio del periodismo porque debe acomodarse ante los avatares económicos. No es sencillo este análisis porque desde hace más de 15 años se sintió la problemática económica, política y social en todos los niveles y el oficio del periodismo fue criticado y hasta en los grafitis, nos ‘cacheteaban’ con frases que nos removía la conciencia como esa de “desde arriba nos mean y la prensa dice que está lloviendo”.

La compra de conciencias periodísticas provocó el crecimiento de la corrupción porque ya los pocos que intentaban investigar y decir la verdad sin tapujos eran estigmatizados, desacreditados o perseguidos, amenazados y asesinados.

Fue la vía libre para lo que se vive en la actualidad, un periodismo en el que la gente poco cree porque hay colegas que cambiaron la credibilidad por contratos y el dinero de sus amigos políticos corruptos que se atrincheran tras sus falsas palabras y sonrientes máscaras.

Feliz día del periodista 2017, solo para quienes lo merezcan.

¿Y dónde está la paz del bolsillo de los trabajadores?

Wednesday, 04 January 2017 00:00 Written by

Por: Antonio Colmenares Martínez, columnista invitado


El 2016 nos dejó un salario mínimo legal escaso, mostrenco, que empobrece más que beneficiar, porque no solo el efecto negativo es para quienes ganan solo el mínimo sino para toda la escala salarial porque el aumento estará medido por la misma regleta. La capacidad adquisitiva será muy inferior a la que se tenía hasta hace algunos días porque los nuevos precios llevarán el ‘veneno’ del aumento del IVA y todos los impuestos que deben pagar los comerciantes y empresarios pero que realmente pagan los compradores finales, es decir los de salarios mínimos y todos los que devenguen salarios bajos, medios y aún los altos.


Este gobierno nacional deberá pagar un postconflicto muy costoso y por eso se apresuró a conseguir esos recursos pasando factura a quienes acuden a comprar cualquier bien o servicio. No a los empresarios. No. Ellos facturan y cumplen con sus impuestos al gobierno pero los que pagan la paz son los ciudadanos que van a los mercados.


Y lo más triste es que es una paz llena de curaciones, de palos de una oposición que se rasgó las vestiduras porque en el Año Nuevo los guerrilleros y los funcionarios de Naciones Unidas bailaron en medio de una celebración normal que todos los seres humanos hacen en estas fechas. A la oposición le parece mejor que estén disparando, instalando explosivos que celebrando la llegada de un ciclo que es esperanzador para ellos aunque en la práctica lo que se vislumbra son dificultades mucho peores que las que ya ha logrado sortear este gobierno. Empezando porque hay disidentes que pueden seguir alzados en armas por cuenta propia o en unión con el ELN que para negociar ‘mejor’ continúa cometiendo dolorosos actos de guerra.


Nos deja el 2016 un país estupefacto ante una aporreada paz que no se logra concretar porque se financia a costa del empobrecimiento de todas las comunidades. Pero, haciendo una generosa abstracción, eso sería lo de menos si realmente se garantizara que en Colombia se pudiera vivir en tranquilidad y armonía para aprovechar las riquezas naturales y de la gente buena del campo y las ciudades. Pero ese sueño es remoto, lejano, no del todo imposible o utópico pero si es un camino lleno de dificultades porque está contaminado por la corrupción, el narcotráfico, las bandas criminales, la delincuencia, incluyendo los traficantes de armas, y una oposición que lo único que le interesa son las ganancias políticas de cara a las elecciones presidenciales que se avecinan y no les importa la paz, solo torpedearla y aprovechar a los áulicos que continúan creyendo en pasadas estrategias vencidas y sin éxito alguno y votan por ellos sin pensar lo que podría pasar en caso de que llegaran al poder con esa sed de sangre y violencia que cubre sus ganancias enormes en lo económico, sin peligro porque a ningún político de ese grupo este conflicto interno le ha costado la muerte de un hijo o el desplazamiento como si han tenido que sufrir los campesinos y los mismos uniformados del Estado que son los que realmente ponen el pecho a las balas y a los explosivos.

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