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Rafael Humberto Guerrero Jaimes, columnista invitado Rafael Humberto Guerrero Jaimes, columnista invitado Cortesía

El Tochecito Valiente (Sentido de pertenencia)

Por Rafael Humberto Guerrero Jaimes, columnista invitado.

En el Norte de Santander como identidad emblemática con el “doblemente glorioso” Cúcuta Deportivo existen dos especies de pajaritos rojinegros. Uno primero de mediano tamaño, con los colores carmesí y sombra bien vivos y con su pico de plata, y así lo denominan. Su hábitat es el clima medio, en pueblitos próximos a la capital, como Puerto Santander, el antiguo Gramalote y Salazar de las Palmas. El segundo pajarito rojinegro, es bien pequeño, y su hábitat son las riveras del rio Pamplonita urbano. Este segundo pajarito, el “tochecito” es el protagonista de nuestra historia. Antes de relatarla es pertinente anotar, que el ave distintiva de los cucuteños era el toche. Un pájaro de mediano tamaño, come guayabas (“es pelea de toche con guayaba madura”) y de color amarillo y negro, desaparecido hace rato del entorno.
La historia: Un pajarito rojinegro “tochecito”, David Santiago los llama “Edilberto”, vivía en un relicto de bosque tropical localizado en el Malecón, en sector urbano del rio Pamplonita. Aquel rio de la canción “…Ay, ay, ay, si las ondas del rio, supieran de mi pasión, le contaría luz de mi vida, los inmensos pesares del corazón…”.
En San José de Cúcuta el clima es bien, pero bien ardiente, y el brillo solar muy intenso; caldo de cultivo especial para los incendios espontáneos o antrópicos, en épocas de fuertes veranos. Y así paso. Un buen día de agosto se incendió el bosque-hogar del “tochecito”. Y claro toda la fauna del micro ecosistema salió huyendo “a tizón ventiao”. Así partieron despavoridos: ardillas, zorritos y faras; iguanas, camaleones y lobatos; garrapateros, halcones peregrinos, águilas de paso y loritos; azulejos, ciotes y palomas monjitas, también las aves migratorias visitantes del rio, como las garzas blancas, azules y negras. Todos huyeron, menos el “tochecito”.
El pajarito rojinegro se angustió, pero pensó: “este es mi hogar, mi territorio; aquí vive mi familia, aquí haré mis nidos y nacerán mis pajaritos” y con valentía de kamikaze, se sumergió en las aguas del rio, y con sus alitas mojadas sobrevoló la candelada y dejo caer unas cuantas góticas, sobre el fuego para coadyuvar a mitigarlo. Y así una y otras vez, hasta agotar sus energías. Entonces el Señor de los cielos y de la lluvia, se conmovió de su esfuerzo, y dejó caer un fuerte aguacero, que apagó en un dos por tres el incipiente incendio. Todos los animalitos regresaron al bosque, y el “tochecito”, el más feliz, conservó su bajo perfil muy orgulloso de sus colores y de su bosque-hogar.
El “tochecito”, tenía sentido de pertenencia. Esta historia, me recuerda a los cucuteños de la generación de 1875, cuando un gran desastre borró literalmente del mapa la ciudad. Un violento terremoto destruyó el ciento por ciento de las viviendas y mató al cincuenta por ciento de la población. Entonces esos fantásticos sobrevivientes, reconstruyeron una nueva ciudad, como el ave Fénix, sobre sus propias ruinas. También tenían sentido de pertenencia.

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