Friday, 22 November 2019 | Login

Rafael Humberto Guerrero Jaimes, columnista invitado Rafael Humberto Guerrero Jaimes, columnista invitado Cortesía

Vicenta María

Por Rafael Humberto Guerrero Cecilia Jaimes, columnista invitado


Hace muchos años, en 1885, un jefe indio norteamericano, envió una carta al presidente Franklin K Pierce, en respuesta a su solicitud de compra de las llanuras habitadas por las comunidades indígenas del Oeste americano. Cita el jefe Sealthl: “¿Cómo se puede comprar o vender el cielo, el calor de la tierra? Es ésta idea extraña para nosotros. Hasta ahora nosotros no somos dueños del aire, ni del resplandor del agua. Cada espina de brillante pino, cada orilla arenosa, cada bruma en el oscuro bosque, cada claro y zumbador insecto es sagrado en la memoria y en la experiencia de mi gente. Nosotros sabemos que el hombre blanco no entiende nuestras costumbres. Para él un pedazo de tierra es igual a otro. La tierra no es su hermana, sino su enemiga y cuando la ha conquistado sigue adelante…”.
En éstas palabras están matizadas de la belleza descriptiva de un pensamiento “químicamente puro” y también nos muestran la angustia por el futuro de las próximas generaciones de su raza. No escapó al nativo norteamericano, el “poder depredador” del hombre blanco y su capacidad de agresión hacia el medio ambiente.
Ahora, 127 años más tarde, otra indígena colombiana, Vicenta María Siosi Pino, de la comunidad Wayuu, clan Apshana, envía una carta al presidente Juan Manuel Santos, en la cual describe con “alma, corazón y vida”, las costumbres de su pueblo, y los beneficios que reciben del río Ranchería, ante la inminencia de una depredación ambiental consentida por el gobierno colombiano, con motivo de la producción salvaje de minería en el Cerrejón. Así se expresa Vicente María en su misiva: “la gente de aquí viven de pescar en el río con atarrayas artesanales, aun los niños pescan lisas, bagres, bocachicos, camarón y son nuestro alimento. Las mujeres recogen cerezas, iguarayas, mamoncillos cotoprix, coas silvestres y las venden por las calles de Riohacha.” Y añade: “El Ranchería es el único río de los Wayuu. La única corriente de agua que atraviesa éste territorio ancestral dando vida a nuestra vida”. Y termina con una clara petición: “Por favor no permita que la empresa extranjera Cerrejón destruya el acuífero que mantiene el Ranchería y seque la fuente de la única agua que poseemos”.
No sé si el presidente Santos recibió con sentido de pertenencia el “bastón del buen gobierno” de los mamos de la Sierra Nevada. Allí en esa entrega estaba implícita la sustentabilidad. Quiere esto decir: la armonía y el equilibrio hacia la conservación de nuestros ecosistemas, más aún cuando se trata de un sistema biológico madre de la comunidad Wayuu.
Entonces, de Pierce a Santos; del jefe Seathl a Vicenta María; dos voces del corazón de la tierra; dos escenarios diferentes y otros actores, pero la misma angustia, idéntico afán, ese sentido clamor por conservar puro lo puro. Antes, la nueva civilización del hombre blanco, con su caballo de hierro. Ahora otra locomotora, la de la minería. Ambas depredadoras, nocivas, con afectaciones negativas. Pero las palabras de Vicente María no pueden perderse en el aire, ni su carta debe ir al baúl del olvido. Es necesario un apoyo total a su causa y un gran llamado de atención al gobierno nacional, para que en su afán productivo, no contamine, ni deprede nuestros ecosistemas, fuente de vida, tanto para los Wayuu, como para todos los colombianos

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